Intolerancia

Por Elliot A. Klassen

“La intolerancia más peligrosa es la que nace de impulsos elementales. Al margen de toda doctrina, y allí radica la dificultad para aislarla y refutarla con la ayuda de argumentos racionales”: Umberto Eco


Eliezer Wiesel

Elie Wiesel

En 1998, un grupo de destacados intelectuales del mundo, entre ellos el Premio Nóbel de Literatura Wole Soyinka, filósofos, y escritores de la talla de Jorge Semprún  y Umberto Eco -entre otros-, bajo el patrocinio de la UNESCO, realizaron un  gran simposio sobre la tolerancia.

Elie Wiesel, encargado de sintetizar el contenido del los trabajos, expresó algo de manera puntual: la intolerancia aumenta día a día. Ya se trate de intolerancia religiosa, cultural o racial, su penetración nos hace dudar de la realidad de las conquistas que trajo aquello que aún seguimos llamando civilización moderna.

Wiesel (30 de septiembre de 1928) es un escritor rumano superviviente de los campos de concentración nazis. Ha dedicado toda su vida a escribir y a hablar sobre los horrores del Holocausto, con la firme intención de evitar que se repita en el mundo una barbarie similar. Fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1986.

Lanza una pregunta fundamental: ¿Cuáles son las causas de ese odio que se atreve a mostrar su rostro en todos los países del mundo?

Y algo que llamó mucho la atención es una conclusión impresionante: no debe infundirse miedo y debe darse lugar a la esperanza.

Wiesel apunta: “Sorda a toda razón, la intolerancia no es solamente el vil instrumento del enemigo, sino que ella es el enemigo mismo, puesto que niega las amplias posibilidades de comunicación que ofrece el lenguaje”.

Porque cuando el  lenguaje fracasa, entra en acción la violencia. La violencia es el lenguaje de aquellos que han perdido las palabras, y es también la forma como se expresa la intolerancia, donde germina el odio.

El odio es irracional, impulsivo, implacable, sus tenebrosos poderes apelan a lo que hay de destructivo en el hombre, avanza rápida e inexorablemente hacia la consecución de sus amenazadores fines.

Hay preguntas trascendentes: ¿debemos mostrarnos intolerantes con la intolerancia?  ¿Es lícito recurrir a la fuerza para neutralizar la que ejercen los hombres duros que matan cuerpos y almas? ¿Es preciso odiar el odio para poder desarmarlo?

La Civilizacion moderna y la intolerancia

La Civilización y la barbarie

La intolerancia conduce inevitablemente a la humillación del prójimo, y con ello, a la negación del ser humano y de sus posibilidades de desarrollo.

Odiar es negar la humanidad del otro,  disminuirlo.

Odiar es cavar una fosa en la que caerán vencidos, tanto el que odia como su víctima.

Desde el punto de vista religioso, el odio oculta el rostro de Dios, en el aspecto político, destruye la libertad de los hombres. En el campo de la ciencia, el odio se pone al servicio de la muerte, deforma la verdad en la Literatura y desvirtúa el sentido de la Historia.

Wiesel

Wiesel en las barracas nazis

Eliezer Wiesel nos ayuda a dar respuesta a los duros tiempos que vivimos.

¿Cuáles son los rasgos distintivos de la intolerancia? ¿Cómo podemos identificarla?. Hay muchas respuestas. Pero hay una definitiva:  intolerante es toda idea o movimiento que incite al odio.

Cuando la intolerancia entra en acción, ya no se la puede frenar. Y es que ella arrastra incluso a quienes la combaten, sólo que en tal caso de trata de un odio de otro tipo. Lo que se opone al odio es odio también.

Para acabar con él no hay más que un solo medio: impedir que germine.

Porque, lo afirma, de manera contundente, el escritor rumano: “El odio es como la guerra. Cuando se ha desencadenado, ya es demasiado tarde, puesto que deja el campo libre al  Ángel de la muerte, que siembra la destrucción por dondequiera que pase”.

Es preciso, combatirlo oportunamente, despojándolo de la falsa gloria que le confiere su escandalosa legitimidad.