Malú Huacuja del Toro (Ciudad de México, 25 de mayo de 1961), novelista, dramaturga y guionista es digna y brillante exponente de un movimiento -sin patrocinios oficiales o de corte gubernamental- a favor de las mejores manifestaciones de la Literatura. La lectura de su biografía nos permite acercarnos con admiración a la mujer que ha invertido su vida para dos tarea esenciales: liquidar imposturas y crear textos eminentes.
Algunos críticos han tratado de ubicarla como una de las autoras representativas de la llamada Contracultura. Desde nuestra modesta perspectiva, ella es mejor sobre sí misma cada día y su visión del mundo y de la vida nada tiene que ver con las modas literarias y/o culturales impuestas por el establishment. Malú es punto y aparte, pródiga espiga de trigo bueno en campos de esperanza.
Ella nos entrega su auténtico duelo ante las muertas y los muertos de Juárez.
Mensaje de la botella en este mar de malignidad que cumplirá su deseo fervoroso de que la mujer sea, por el tiempo que dure su historia, lo que siempre es y debió haber sido, y que muchos deseamos que sea: vida en estado puro.
El Silenciero.com se ennoblece con la bella e inteligente presencia de Malú Huacuja del Toro. Bienvenida.
Imágenes adicionales de Darkhousequarter.
Un deseo navegante en femenino
Malú Huacuja del Toro

Parecería ser que la muerte es la única pluma de la Historia de la Humanidad. Hay otras. Pero escriben con una tinta invisible que, a manera de signo, sólo se puede leer en ese instante previo al inicio del recuento, cuando el presente nos estalla en los ojos, abarcando incluso ese espacio del recuerdo, del futuro y de su limbo que es la hipótesis. Es un instante efímero y eterno. Por ejemplo: cuando aquí veíamos gente aventarse desde las cumbres de las Torres Gemelas, nosotros ignorábamos que esas personas y los bomberos que perecieron tratando de rescatarlas se convertirían después en las Helenas de Troya del siglo naciente. El destino era impredecible. Vaya: ni siquiera sabíamos si existiría algo así como destino para nosotros. Todas las vías marítimas, aéreas y terrestres de acceso a la ciudad estaban cerradas por esa “blasfema altiva torre de quien hoy dolorosas son señales” (Sor Juana). Estaba yo cerca, además, de la casa de residencia que el gobierno municipal pone a disposición del alcalde en turno —Los Pinos municipal en Nueva York—, quien en ese momento era precisamente Rudolph Giuliani (futuro asesor de los cuerpos policíacos en Bagdad y en el Distrito Federal). Esta zona debió haber sido por tanto la más vigilada del planeta aquella silenciosa noche del 11 de septiembre del 2001. Había podido comunicarme a México para avisarles a algunos amigos que me hallaba bien, pero a juzgar por la falta de noticias, porque ninguna agrupación reivindicaba el ataque como suyo, por la gente a la que habíamos visto aventarse al vacío y por la humareda que cubría el cielo, para nosotros aquello igual podría ser Varsovia 1945 o Nueva York en los albores de la Tercera Guerra Mundial. Lo mismo podían entrar submarinos, tanques y aviones piloteados quién sabe por qué ni por quién.
En ese orden de circunstancias, no quedaba otro remedio que leer y releer las obras completas de Shakespeare, por supuesto. Imagino que algo similar deben estar entendiendo en Ciudad Juárez. Las ejecuciones nos vuelven hiperlúcidos: ¿para qué leer el periódico si podemos consultar los “caminos ignorados, por hendiduras secretas / por las misteriosas vetas / de troncos recién cortados” (Villaurrutia)? Y cuando el latido de la ciudad en la que uno vive se escucha en estado de excepción permanente, no tiene caso sintonizar la radio si no es para escuchar música excepcional. Tal vez los carceleros de la Historia cerrarán todas las salidas, pero una flauta mágica —la de Mozart— abrirá las compuertas de nuestra existencia. Lo importante para sobrevivir en prisión es tener el horizonte en la mirada. Esto lo sabe cualquier preso. Hay que rezar la liturgia de Jorge Semprún mientras Dios se robe la vida de cuantos creen en él. Para nosotros queda el incierto presente, de espaldas a los cadáveres que tal vez sólo la Parca Hilaria sabe cuándo caerán en nuestro país —y, para el caso, en el mundo entero—, y en qué cantidades. Lo único que podemos hacer es entregarnos a ver esas “cosas discretas, amables sencillas” que “se juntan como las orillas” (Gorostiza).
En el mundo de la realidad inconcebible, una noticia escalofriante me hace mandar estas palabras a Ciudad Juárez metidas en una de esas botellas que se lanzan al mar con un suspiro rosado. Acabo de enterarme de que se hizo humana y terrestre una historia que sólo era fantástica y que escribí en un libro hace ya cinco años en La lágrima, la gota y el artificio: ahora las mujeres asesinadas en Juárez son motivo para un perverso desfile de modas en Nueva York. Es una desgracia que esa supuesta ficción se haya vuelto realidad, pero perfectamente predecible dadas las tendencias de nuestra sociedad y de nuestros fenómenos mediáticos. Mientras millones de mujeres sueñan con llegar a ser a las chicas de Sex and the City, en Manhattan se perpetran burlas que —pensaría una— sólo al Diablo se le podrían haber ocurrido.
Por una desafortunada casualidad estoy viviendo en el ensueño de otras mujeres, y es un mundo bastante distinto de la ilusión, claro. Una tarde invernal, estaba yo por cruzar una calle cuando me detuvo en la acera la voz de una mujer irritada y me topé de frente con una de las actrices de Sex and the City. Iba furiosa platicando con una amiga igualmente molesta. Ambas se bajaron de la banqueta y se detuvieron, muy enojadas, a parar un taxi conducido por un señor también malencarado. Aunque, según recordaba, de las tres intérpretes, la actriz Cynthia Nixon era la que me resultaba más soportable por su activismo a favor de los derechos de las parejas homosexuales, esa tarde, sobre el pavimento y fuera del radar de los paparazzi, se veía tan exigente como el antipático personaje de la teleserie en la que trabajaba.
—Just forget it, OK? Let’s just get a cab —dijo encabronadísima la famosa abogada Miranda.
Cuando los gringos meten dos veces la palabra “just” en una misma frase, hay que echarse a correr.
En seguida, dio un portazo y desapareció dentro de un carro que voló.
Con esta breve anécdota me quedé preguntándome si los famosos y ricos que viven como las mujeres de Sex and the City en Nueva York —e incluso las propias actrices que las representan— son felices. Conozco poco de ellos, pero da la impresión de que viven compitiendo unos contra otros igualitos. No debe ser fácil estar en una cima tan estrecha. Son los problemas del universo en forma de embudo.
Mi deseo en esta botella es que ninguna mujer que la reciba quiera volver ser otra de la que es. Por el tiempo que dure su historia.
OBRA
Invitamos a los lectores de El silenciero para que se acerquen a la extraordinaria trayectoria de Malú Huacuja del Toro. http://es.wikipedia.org/wiki/Malú_Huacuja_del_Toro
Novela
Crimen sin faltas de ortografía (1986)
Un cadáver llamado Sara (1988-1989)
Un Dios para Cordelia (1995)
La lágrima, la gota y el artificio (2006)
La invención del enemigo (2008)
Narrativa
Herejía contra el ciberespacio (1997)
Álbum de la obscenidad. Crónicas y relatos sobre la vida y la guerra en Nueva York después del 11 de septiembre de 2001 (2002)
Diabolical compassion (2002)
Crónicas anticonceptivas (2006)
Guión
Amor por televisión (1988)
La hora marcada (1989)
Tirando a matar (1990)
El amor de tu vida, S.A. (1997)
Los artistas de la técnica. Historias íntimas del cine mexicano (1997)
Teatro
Historia de amor, en síntesis (1984)
Cielo de abajo (1993)
Los famosos culpables (1996)
Un placer contagioso (1998)
La secuestradora de destinos (2008)
Celebrities shouldn’t have children (2004)
Ligas de interés:


















3 comentarios
Teófilo Huerta says:
Aug 9, 2010
Exquisito artículo.
LETICIA VENZOR says:
Aug 9, 2010
Tremendamente conmovedor, qué belleza, exquisita sensibilidad para atrapar en lo más profundo de la conciencia. Gracias Malú, que tu pluma nunca deje de mirar.
anilu says:
Sep 18, 2010
Malú, gracias Malú… que ganas de verte por aquellos rumbos. Que bueno leerte por estos.