
Sergey Brin
Rodrigo Pérez Caraveo
-
Cuando Sergey Brin y Larry Page se conocieron en Stanford por primera vez en 1995 (contando con 21 y 22 años, respectivamente) hubo algunas discrepancias, pero nada fuera del ámbito humano. Larry era un egresado de la Universidad de Michigan interesado en ingresar a Stanford. Sergey fue el asignado para mostrarle las instalaciones. Un año después, siendo ya compañeros de posgrado en ciencias computacionales comenzaron a colaborar en un motor de búsqueda llamado BackRub. El programa, que corría en los servidores de Stanford, terminó consumiendo más ancho de banda de lo deseado y no le fue posible al Colegio seguir manteniendo el proyecto.
Sergey y Larry necesitaban un nuevo nombre para el proyecto. Inspirados por la terminología matemática, y jugando con el término “googol”, que representa al numeral 1 seguido de 100 ceros, decidieron escoger la palabra Google. El resto, como bien sabemos, es historia. De la empresa fundada en 1998 en un garage de Menlo Park, California, al conglomerado tecnológico que es hoy, Google juega un papel en el mundo quizá más importante que al que damos crédito. Al menos la búsqueda de Sergey por curar el Parkinson parece serlo.
La fe de Sergey Brin en el poder de los números –y el poder del conocimiento en general– es algo que muy probablemente heredó de sus padres, ambos científicos. Su padre, Michael, es un matemático de segunda generación; su madre, Eugenia, es experta en matemáticas aplicadas y trabajó por años realizando investigación meteorológica en la NASA. La familia emigró de Rusia cuando Brin tenía 6 años. Él mismo se enroló en el programa de Matemáticas de la Universidad de Maryland a los 17 años. Hacia 1996, mismo año en el que se encontraba en Stanford desarrollando algoritmos de información para su motor de búsqueda, su madre comenzó a sentir sus manos adormecidas. El diagnóstico inicial fue lesión por stress repetitivo, causado por años de trabajo frente al ordenador. Pero luego de no poder confirmar este diagnóstico, los doctores se encontraban perplejos. Poco después, su pierna izquierda comenzaba a arrastrarse. Ella presentía que los síntomas que mostraba eran muy similares a los de su Tía, quien tuviera Parkinson años atrás.
En ese entonces, la opinión establecida por la comunidad científica era que el Parkinson no es hereditario, por lo que a Sergey le parecía improbable que su madre lo tuviera. “Pensé que era absurdo y completamente irracional”. Sin embargo, después de análisis posteriores en la Clínica Mayo y el Hospital John Hopkins, le fue diagnosticado en 1999.

-
El gen llamado LRRK2, situado en el doceavo cromosoma, es propenso a desarrollar una mutación relacionada con mayor incidencia de Parkinson. No todos con Parkinson tienen la mutación del LRRK2; así como no todo aquel con la mutación desarrollará Parkinson. Pero sí aumenta las posibilidades de desarrollarlo entre un 30 y 70 por ciento. Ésta información surgió en el año 2004, y aun entonces, Sergey no ligaba la condición de su madre con su propia salud. Luego, en el 2006, la prometida de Sergey, Anne Wojcicki, fundó su compañía de genética 23andMe (de la cual Google es accionista). Fue así como Sergey tuvo oportunidad de tomar un vistazo a su genoma. En un inicio no encontró nada inquietante, pero a sugerencia de Wojcicki se enfocó en un nodo del gen LRRK2 llamado G2019S, en el que ocurre la mutación. Y allí estaba: Sergey tenía la mutación. La lectura del genoma de su madre mostraba que ella también la tenía.
Brin no cayó en pánico; por una parte, la experiencia de su madre con la enfermedad había sido, en cierta manera, reconfortante. “Ella todavía esquía, no se encuentra en una silla de ruedas”. En vez de ser presa de la incertidumbre, repasó los resultados de la lectura de su genoma por meses. Comenzó a consultar con expertos, gente de la Fundación Michael J. Fox y el Instituto Parkinson. Rápidamente cayó en la cuenta de que iba a ser muy poco práctico mantener su riesgo de salud un tema ajeno al público (cuanto menos ajeno a los accionistas de Google). “No puedo hablarle a 1,000 personas en secreto”. “Así que mejor ponerlo todo allá afuera para el mundo. Parece información digna de compartir e incluso interesante”. Un día de Septiembre de 2008 inició un blog dedicado a su nueva etapa. El primer post se titulaba “LRRK2″, del que se extrae el siguiente fragmento:
“Tengo la oportunidad de realizar y apoyar tareas de investigación referentes a la enfermedad antes de que me afecte a mí. Independientemente de mi propio bienestar, puedo ayudar a miembros de mi familia así como a otros. Me siento afortunado de estar en esta posición.”

Ilustración de Jillian Tamaki
El Parkinson es una enfermedad de la que poco se sabe, pero se ha establecido que el ejercicio y una dieta saludable contribuyen a una tasa de incidencia menor. Brin adoptó un nuevo estilo de vida. Comenzó a nadar todos los días y se involucró en el yoga, la gimnasia y la acrobacia. Cambió su dieta y comenzó a beber té. Incluso le sugirieron adquirir los hábitos del café y el tabaco, relacionados con bajos índices de Parkinson, pero prefirió tomar una ruta completamente sana. “Esto es de la punta de mi mente”, dice, “pero digamos que basado en la dieta, el ejercicio y demás, puedo bajar mi riesgo en un 50 por ciento”. Cada vez que se sumerge en la alberca y bebe de su té, espera disminuir las posibilidades de que el Parkinson emerja de su sistema.
Sergey, desde luego, no es un hombre ordinario de 36 años. Como mitad del dúo que fundó Google, él vale unos $15 billones de dólares. Claro que ese tipo de abundancia otorga cierta influencia. Desde que descubrió que tiene la mutación del gen LRRK2 ha contribuido con $50 millones de dólares a la investigación del Parkinson, suficiente, dice él, para comenzar a mover la aguja. Suena tan pragmático, tan obvio, que uno casi pasa por alto un hecho: si bien muchos millonarios filántropos han financiado investigaciones de enfermedades que ellos mismos tienen, Sergey es probablemente el primero que, basado en una prueba genética, inició el financiamiento de la investigación científica con la esperanza de escapar a la enfermedad antes de que ésta llegue.
Su enfoque es notable por otra razón. Esta no es una simple variación de filantropía empresarial –la aplicación, tan en boga hoy día, de prácticas de escuelas de negocios a la investigación científica. Sergey está tras un tipo de ciencia completamente distinta. La mayor parte de la investigación del Parkinson, como mucha de la investigación médica, descansa sobre el método científico clásico: hipótesis, análisis, evaluación, publicación. Sergey propone una óptica radicalmente diferente, impulsada por el músculo computacional y cantidades exorbitantes de datos. Es un método que se apoya en su sensibilidad algorítmica –y la fe histórica de Google en el poder computacional– y el objetivo claro, que es acelerar el ritmo y aumentar el potencial de la investigación científica.
“Por lo general, el ritmo de la investigación médica es glacial comparado a lo que estoy habituado en internet”, dice Sergey. “Podríamos estar monitoreando cantidad de lugares y recolectando cantidad de información. Y si vemos un patrón, eso nos podría llevar a alguna parte”. En otras palabras, Sergey está proponiendo dejar atrás siglos de epistemología científica en favor de una ciencia más ‘Googley’, por así decirlo. Él quiere recolectar los datos primero, luego plantear hipótesis y después encontrar los patrones que lleven a respuestas. Y tiene el dinero y los algoritmos para hacerlo.
Ciertamente Sergey Brin es diferente. Pocas personas tienen los recursos para doblar la curva de la ciencia; menos tienen esposas que manejen compañías de genética. Dadas estas circunstancias y una mente enfocada a la rigurosidad de los datos, es probable que Brin se sienta más cómodo con su información genética que cualquier otra persona. Y muy pocas personas van a ver su propio conocimiento genético como un predicamento para forjar un nuevo tipo de ciencia. Así que en efecto, es diferente. Pero en algunos casos, indudablemente, nos podremos encontrar en circunstancias como las de Sergey, con un elevado riesgo de contraer enfermedades sin cura. Así que empezaremos a ejercitarnos, alimentarnos diferente y hacer cualquier cosa que podamos idear mientras esperamos a que la ciencia nos alcance. En ese sentido, la historia de Sergey no es la de un millonario. Es la de todos.
-














1 comentario
enrique siller says:
Aug 24, 2010
Sergey nos muestra un claro ejemplo de integridad personal donde su acciones son coherentes con sus reacciones · que la apertura e innovación encaminen a la ciencia.