Publicado por Milenio diario, el artículo del escritor Héctor Aguilar Camín (Las culpas de Juárez) intenta definir la línea divisoria de los buenos contra los malos. Los gritos de “asesino” que muchachos y muchachas inconformes gritan a los depositarios del poder no constituyen precisamente la vía más adecuada para enfrentar al crimen organizado. Quizás por su lejanía, el intelectual ignora que en las manifestaciones de protesta por la violencia, aparecen siempre inmaculados los gobernadores del PRI.
En el caso de Juárez, los manifestantes son capaces de gritar, dar un zape al secretario de Gobernación, acusarlo injustamente de criminal -pero si nos fijamos atentamente-, nunca se dice nada en contra del gobernador.
Una mente díscola pudiera pensar que alguien orquesta los ataques contra el gobierno federal. Lo cierto es que mientras en Chihuahua no cesa el baño de sangre, el gobierno baecista tiene en su agenda solamente dos prioridades: la regularización de vehículos internados ilegalmente al país, y las vacaciones del mandatario estatal. ¿Es tiempo de vacaciones como andan las cosas por acá?
Los operadores políticos del gobierno chihuahuense están ahora muy ocupados por las pugnas al interior del PRI. En conocido restaurante de comida china, en Ciudad Juárez, los políticos llevan a cabo, con cargo al erario público, lo que sus columnistas bautizan como “operación cicatriz”, por aquello de que sus campañas no levantan ni el polvo por razones harto elocuentes. En el PAN, los dueños del partido se reparten las migajas. Del PRD y de los otros mejor no hablamos que ellos disfrutan de vacaciones permanentes gracias a las jugosas prerrogativas del poder en turno.
¿Por qué escogemos la visión de Héctor Aguilar Camín para interpretar los dolorosos momentos que se viven en todo Chihuahua y en muchas entidades federativa de la República Mexicana? Pues simplemente porque tiene la razón: los criminales son nuestros enemigos, y los gobernantes fallan en la llamada guerra contra la “minoría ridícula”(Calderón dixit).
El senador Madero justificó la expresión presidencial: “los narcos son pocos, pero muy cabrones”. La respuesta popular es: Los políticos metidos a gobernantes son muchos, pero sirven solamente para dos cosas: para empeorar las cosas o para empeorarlas más.
Publicamos a continuación el interesante artículo del gran escritor mexicano:
Las culpas de Juárez
Por Héctor Aguilar Camín
Con asombro leí las notas de la visita del Presidente y el secretario de Gobernación a Ciudad Juárez para recibir reclamos airados, incluso violentos, a causa de los muchachos recientemente asesinados en un barrio de la ciudad. Al segundo le gritaron asesino y le dieron un zape; al primero lo juzgaron responsable de las muertes.
El Presidente recibió reclamos justos por su imprudente y apresurada calificación del hecho como un pleito de pandilleros. Ambos funcionarios fueron justamente zarandeados por la inseguridad que la ciudad padece y por la falla de la estrategia federal desplegada en ella.
Hubo además gritos y mantas, pero ninguna de ellas, ninguna, contra los asesinos.
He ahí otra forma de la impunidad para los asesinos: que la gente se vuelva a reclamar sus crímenes a la autoridad y no a ellos; que los matones no sean estigmatizados a la par que se reclama a las autoridades; que ni los medios, ni las víctimas, ni la sociedad adolorida voltee sus iras contra los asesinos, además de sus exigencias contra la autoridad.
Nos horrorizan las matanzas pero premiamos los corridos que cuentan las hazañas de quienes las ordenan. Es una ambigüedad no privativa de México. Una de las grandes épicas del siglo XX es la construida por el cine y los medios en torno a las hazañas sanguinarias de la mafia.
Cada pueblo tiene consagradas en su historia las hazañas de sus grandes guerras y guerreros, al punto de que, como recordó Freud en algún texto, la enseñanza de la historia universal es por su mayor parte la consagración de matanzas que deberían avergonzarnos más que enorgullecernos.
Teorías aparte, va siendo hora de tomar nota, en defensa propia, de que quienes amenazan nuestra seguridad son los asesinos, no las autoridades. Estas últimas faltan a su deber de garantizar la seguridad, y su falta es razón suficiente para increparlas, exigirles y echarlas del gobierno.
Pero gritar asesino al secretario de Gobernación y dar al Presidente trato de responsable de los muchachos asesinados, es simplemente equivocar la mira y, en el fondo, ayudar a los asesinos.
Dejar de señalárseles como el verdadero mal a erradicar destruye moralmente la única alianza que puede castigar ese crimen: la alianza de los ciudadanos con la autoridad y la fuerza pública.
Lo que sucede en Juárez y en nuestra cabeza es lo contrario: debilitamos, mellamos, cortamos la alianza de los ciudadanos con la fuerza pública enderezando contra ella los agravios, mientras olvidamos quebrar una lanza siquiera contra los criminales.
En defensa de nuestra propia seguridad los criminales deberían ser criminalizados, puestos fuera de toda consideración y de toda tolerancia por la sociedad y por los medios. Los criminales son nuestros enemigos. La autoridad es simplemente nuestra falla en la lucha contra nuestros enemigos.















1 comentario
Fernando says:
Mar 30, 2010
Si los criminales son nuestro enemigos, entonces la autoridad es nuestra enemiga, ya que son quienes se encargan de hacer toda fechoría imaginada y aún sin imaginar. Ellos son el orden y el caos, según los intereses del gobernador o del presidente según su cartel respaldado.